Entender para proponer

Es economista y ha desarrollado su actividad política entre Barcelona, Londres y Madrid. Actualmente es directora de la Fundación Felipe González.

Piensen en la última comida navideña y compárenla con la de hace 25 años. En la del mundo de ayer mis padres y tíos traían vinos, postres, aperitivos y habían comprado el pavo que cocinaba mi abuela. Ahora mis primos y yo no solo aparecemos en la casa de turno, sino que nos llevamos las croquetas y los turrones que sobran. ¿Somos –mis primos mileniales y yo, baby-boomer– una generación de mimados? ¿Hemos vivido en el estado del confort y no sabemos esforzarnos por nuestro futuro? ¿O vivimos en la precariedad eterna y no en la seguridad de nuestros padres?
Preguntas como estas han ocupado mil conversaciones para intentar averiguar si el hecho de que nadie tenga una segunda residencia responde a un cambio cultural, por el cual acceder es mucho más importante que poseer, o responde a una adaptación al imposible mercado de la vivienda. Averiguar si tiene sentido enfadarse con mi primo de 24 años porque ha dejado la universidad cuando uno ya sabe que tener una licenciatura es garantía de bien poco. (Garantía, qué palabra más lejana…).

Cambio de época

La incomprensión hacia las generaciones jóvenes no es un fenómeno nuevo, pero existe la sospecha de que esta vez es un poco distinto y hará falta algo más que una adaptación cultural. La crisis de 2008 evidenció que estamos en un cambio de época más que en una época de cambios. El capitalismo digital y la democracia sin intermediación pueden suponer fenómenos de tal magnitud, que nos obliguen a repensar reglas y a ajustar las bases de muchas de las políticas públicas. Ello afecta sobre todo a las nuevas generaciones porque en el mundo occidental se ha roto la idea lineal de progreso: saber que las nuevas generaciones iban a vivir mejor que sus antecesores.

En el mundo occidental se ha roto la idea lineal de progreso:  saber que las nuevas generaciones vivirían mejor que sus antecesores

Pero para proponer nuevas políticas destinadas a aminorar la brecha generacional nos parece esencial entender mejor a qué nos referimos cuando hablamos de los mileniales. Entender, luego proponer. Este ha sido el guión del proyecto Genera, impulsado por la Fundación Felipe González con la colaboración de la Fundación la Caixa y otras instituciones. Ya hemos publicado tres estudios disponibles en la web www.fundacionfelipegonzalez.org/genera. El primero detalla los indicadores reales de bienestar y progreso de cada una de las generaciones para un conjunto de países. El segundo retrata las aspiraciones de la generación milenial en España. El tercero compara esta generación en más de 20 países y nos indica que, probablemente, estemos ante la primera generación global de la historia.
Son estudios sobre condiciones reales, aspiracionales y comparativos que nos dan una primera fotografía para entender a qué nos referimos cuando hablamos de mileniales. Pero en paralelo a esta mayor capacidad de comprensión –necesaria–, no estaría de más que quienes se ocupan de gobernar nuestros asuntos colectivos empezaran a pensar políticas destinadas a cerrar esta brecha generacional y estructural. Existen al menos tres conjuntos de políticas orientadas a proveer más seguridad en un mundo donde la incertidumbre debe ser entendida como una variable dada.

  1. Políticas destinadas a crear una mejor distribución y acceso a la riqueza que está más desigualmente repartida que la renta (también en términos generacionales)
  2. Datos: explorar como monetizarlos en un mundo de trabajo escaso y de uso monopolístico por los que con ellos sí ganan dinero. ¿Se imaginan que Facebook pagase a los propietarios de los datos (mayormente jóvenes) que son base de su negocio?
  3. Servicios para poder acceder, que incluyan formación en capacidades transversales –inexistente en nuestro sistema– y políticas valientes en guarderías y acceso a la vivienda.

Que todo esto esté ausente del debate público y que sea objetivamente difícil definir políticas innovadoras con las inercias creadas, no es motivo suficiente para no intentar provocar la conversación y de paso alejarnos de esta simplificación emocional en que se ha convertido lo que alguna vez llamamos política.

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