El litigio y la lógica del disenso

Luisa Elena Delgado
Profesora en la Universidad de Illinois (USA) y ensayista. Sus libros más recientes son "La Nación singular. Fantasías de la normalidad democrática (1996-2011)" y, como coeditora, "La cultura de las emociones y las emociones en la cultura española contemporánea (siglos XVIII-XXI)"

Un un texto publicado originalmente el año 1995, el filósofo Jacques Rancière planteó un argumento sobre el litigio y la democracia que ha seguido ampliando con distinto énfasis hasta el momento presente. Su premisa sostiene que, si bien la caída del totalitarismo soviético debería haber supuesto un reforzamiento de los marcos democráticos, en la práctica lo que ocurrió ha sido todo lo contrario. Desde entonces somos testigos de lo que es, en efecto, la degradación de la democracia: su disolución en una variante que se ha denominado alternativamente de consenso o postdemocracia (C. Crouch; Y. Stavrakakis; C. Mouffe).

Con esos términos se alude a que si bien los países occidentales alardean de sus instituciones democráticas, que presentan como modelo incuestionable para el resto del mundo, el funcionamiento de dichas democracias es, de hecho, cada vez más restringido. La política se ha convertido en el oficio de una oligarquía, cuya función no es otra que la gestión de las posibilidades marginales y residuales que las recurrentes situaciones de crisis permiten. La democracia de consenso implica un desplazamiento –parcial o total– de la idea de soberanía popular en favor de los valores del mercado, cuyo engarce con la opinión pública mayoritaria se facilita por medio de constantes encuestas, peritajes y sondeos. Al mismo tiempo, la desafección, cuando no hostilidad, hacia las formas democráticas ha crecido de manera paralela al resurgimiento de un tipo de liderazgo carismático, autoritario e hipermasculinista.

En estos tiempos revueltos, es importante recordar sin embargo que uno de los efectos más perniciosos de esta situación es que parece presentar como axiomática una lógica particular: el famoso TINA: There is no Alternative de Margaret Thatcher. La expresión democracia consensual pone en relación dos términos contradictorios, que corresponden a dos lógicas muy diferentes.

Gobernar sin política

La lógica del consenso entiende la comunidad como el resultado natural de una forma común de ser: la suma exacta de las partes de un todo, resultante de un acuerdo regulado y objetivo. Bajo ese prisma, la identificación con el todo es la única forma de ser en común, que está a su vez está siempre mediada por el Estado. La fantasía liberal-consensual es gobernar sin el problema de un pueblo dividido, sin desacuerdos sobre lo ya establecido: gobernar sin política. Desde esa perspectiva, el litigio (el desacuerdo sobre lo común) es siempre problemático, un exceso que debe rectificarse desde, y en nombre de, el Estado de derecho.

Pero hay una posición alternativa. La lógica del disenso sostiene que la democracia no se puede limitar a sus formas (el sufragio universal, el régimen parlamentario o el Estado de derecho), sino que requiere además el debate abierto sobre quiénes y cómo la constituyen. Es una lógica de la igualdad, que comporta la posibilidad de que lo que no contaba desde el principio, acabe contando; que el sujeto cuya historia era invisible, pueda hacerse ver y escuchar. El disenso democrático pone en relación no solo argumentos diferentes, sino lógicas y sensibilidades diferentes.

Esto es, la democracia implica un espacio de visibilidad para el litigio, para la discusión abierta sobre lo que es o es no legítimo. Va ligada, por tanto, a una comunidad polémica, cuyas líneas de demarcación se desplazan en función de demandas que a menudo se consideran, en el momento de su planteamiento, excesivas o intempestivas. Ese exceso, ese reclamo, no representa la patología de la democracia, sino –como arguye Claude Lefort– la paradoja que la constituye.

 

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