Gestionar el talento, gestionar el futuro

Diana Roig Sanz
Investigadora Ramón y Cajal y ERC Starting Grant. Coordinadora de GlobaLS-Global Literary Studies Research Group. Ha coeditado "Literary Translation and Cultural Mediators in ‘Peripheral’ Cultures: Custom Officers or Smugglers?"

El 28 de diciembre se celebró en Barcelona un encuentro con el propósito de sentar las bases de una red global de científicos (Barcelona Alumni) vinculada con la asociación Science Tech DiploHub de reciente creación: tejer una red global entre científicos e investigadores formados aquí, pero que han terminado desarrollando sus carreras fuera de nuestras fronteras. Esta iniciativa, a priori laudatoria, esconde una realidad mucho más compleja y de proporciones menos afables, que tiene que ver con las enormes dificultades del sistema universitario catalán y español para retener el talento y evitar la tristemente conocida fuga de cerebros.

La universidad que conocemos no tiene la capacidad de acompañar la carrera de jóvenes investigadores ni de retener o traer su talento de vuelta. Los salarios, la escasez de becas, las condiciones laborales, la falta de medios o las pocas garantías con respecto a la estabilización de sus carreras nos colocan en posiciones poco ventajosas, que difícilmente pueden competir con otros sistemas donde la inversión es muchísimo mayor. Por otro lado, nuestra universidad sigue siendo una fortaleza de muros impenetrables, no siempre meritocrática, desigual entre hombres y mujeres y donde las capillitas premian lealtades basadas más en el vínculo personal que en la calidad o novedad de la investigación.

Así las cosas, la falta de inversión y oportunidades y una cultura universitaria que ha prometido demasiados sueños americanos ha propiciado que investigadores talentosos de mi generación hayan desistido en el intento, hayan emigrado a tierras de clima laboral más benevolente o sigan anclados a un sistema que los precariza con contratos poco dignos. Con contadas excepciones (la mía entre ellas), esta es la realidad mayoritaria y cabe reconocer que la Generalitat o el Ministerio han invertido dinero y esfuerzo en la trayectoria de muchos investigadores que luego el sistema no ha sabido acoger. Por otro lado, los costes se han distribuido entre universidades y centros de investigación, pero la financiación quizá hubiera debido ser mayor para evitar una descompensación que tampoco ha contribuido al equilibrio.

Mirar el futuro

Pero miremos al futuro con algo de optimismo… El futuro de la universidad pasa por una reflexión de todos los agentes implicados (la institución, el Estado, la comunidad de profesores e investigadores y, por supuesto, la sociedad) que conlleve la transformación de un modelo caduco, insostenible y que da respuestas poco eficaces a los retos de la investigación del siglo XXI.

Veamos algunos de ellos:

  1. El mundo cambia a pasos agigantados y la universidad está obligada a reorientarse, revisar su estructura en profundidad y favorecer, en general, un cambio cultural que se sustente en la transparencia, mayor ambición y sentido crítico y autocrítico, y una visión más amplia de la investigación actual.
  2. Los retos que afrontamos (cambio climático, crisis migratoria, auge de los populismos, envejecimiento, enfermedades neurodegenerativas) trascienden los límites disciplinarios y exigen una mayor colaboración entre expertos de distintos ámbitos. La interdisciplinariedad es el futuro de la investigación.

    Es urgente crear entornos de creación y establecer conexiones para trabajar de manera colaborativa e interdisciplinaria

    Cuando se lleva a cabo alcanza un impacto mayor no solo desde el punto de vista científico, sino también social, cultural y económico. Pero para los sistemas de evaluación de la actividad investigadora, la publicación en revistas científicas disciplinarias, los departamentos con pocos perfiles poliédricos, o la colaboración más estrecha entre las ciencias sociales y humanas y las denominadas ciencias duras, la interdisciplinariedad sigue siendo un escollo. A este respecto, la interdisciplinariedad es un reto que exige una permeabilidad, capacidad de diálogo, generosidad y transgresión de nuestra zona de confort que no todos los implicados están dispuestos a asumir.

  3. Los nuevos retos de la investigación han evidenciado que los marcos de referencia deben transformarse y, en nuestro caso, los referentes de nuestros sistemas universitarios necesariamente deben traspasar fronteras europeas y avistar un nuevo marco global donde podamos aprender del enorme potencial que ofrecen las universidades del Sur Global (América Latina, África, India o China). Esto no solo sería beneficioso para abordar los problemas desde distintas perspectivas espaciales o geopolíticas, sino que ayudaría a establecer alianzas globales y a descolonizar nuestras instituciones, tarea todavía pendiente en la mayoría de universidades europeas.
  4. De manera similar, nuestras universidades deberían formar investigadores móviles, no sólo entre países sino también entre sectores. La movilidad es uno de los signos de nuestro tiempo, pero debe ir acompañada de políticas flexibles que favorezcan la movilidad de personas, y también de datos y de conocimiento en aras de una ciencia abierta, accesible y más democratizadora.
  5. Desde hace ya algunos años la universidad se ha liberalizado y en algunos casos se ha convertido en una especie de empresa que trata a los estudiantes como clientes y los mima con exceso en detrimento de la calidad de docencia e investigación. De no revertirse esta situación, a la que se añade la incapacidad para retener el talento local o captar el expatriado o extranjero (el número de investigadores extranjeros en muchos departamentos aún es muy bajo), cabría preguntarse si la investigación debe pasar necesariamente por la universidad o debemos pensar en otro tipo de infraestructuras (centros de investigación, como los que ya existen, aunque a veces sean también personalistas) o centros mixtos, menos habituales.
  6. Finalmente, para impulsar la calidad y la excelencia siguen siendo necesarios incentivos y mecanismos de control y de evaluación de la actividad científica como se llevan a cabo en otros países de nuestro entorno.

 

El contacto con el otro mejora nuestro trabajo y es urgente crear entornos de creación y más oportunidades para establecer conexiones que permitan trabajar de manera global, colaborativa e interdisciplinaria. El papel de las redes colaborativas podría estimular la economía del conocimiento y reforzar la todavía débil relación entre nuestra capacidad investigadora y los recursos al alcance. Barcelona es una ciudad atractiva que podría atraer mayor inversión si las relaciones entre la universidad y los centros de investigación, el sector público y el sector privado, fueran más ágiles y operativas. Cambiar el modelo y la cultura, estimular el conocimiento en red y una mayor inversión deben ser imperativos de la institución, el Gobierno y la comunidad científica. Son todavía muchas las resistencias, pero a nadie se le escapa la naturaleza global del problema y la necesidad de convertir a la universidad, en el modelo que sea, en el lugar de la reflexión, la innovación y la creatividad.

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