Las llaves del feminismo

Doctora en Políticas Públicas por la London School of Economics y profesora de Ciencia Política de la Universitat Autònoma de Barcelona. En 2014 editó "The Transformation of Care in European Societies"

Hubo un tiempo en el que la desigualdad entre mujeres y hombres, observable en los distintos ámbitos de la vida, se justificaba por unas condiciones de partida desiguales. Cuando las mujeres se gradúen en igual número, accedan a los mismos trabajos y similares aspiraciones vitales, escuchábamos, se acabará la desigualdad. Y no. La brecha persiste y no solo eso, en distancia relativa, en muchos casos aumenta. ¿Cómo explicarlo? La existencia de marcos normativos discriminatorios para las mujeres ya no forma parte de la respuesta. Tras décadas de esfuerzos legislativos europeos (el principio de igual retribución figuraba en el Tratado de Roma de 1957), los preceptos discriminatorios han sido eliminados de los ordenamientos jurídicos. Por trabajos de igual valor, los desempeñados por mujeres no pueden estar peor remunerados. Otra cosa es que falte empeño para determinar cuándo dos trabajos poseen efectivamente igual valor. Pero lo que los datos agregados muestran cada vez con mayor precisión es que en la trayectoria laboral de las mujeres, el tiempo dedicado a cuidar explica buena parte de su desventaja.

Si nos fijamos en la parte alta de la distribución salarial, donde la brecha de género suele ser mayor, la maternidad conlleva una penalización que no existe cuando un trabajador se convierte en padre. El amplio abanico de políticas que existen en prácticamente todos los países avanzados dirigidas a apoyar el empleo femenino ha conseguido reducir la brecha de la participación en el mercado laboral, pero paradójicamente, cuanto más parten de la premisa de que el conflicto entre la vida laboral y la familiar solo atañe a las mujeres, más contribuyen a consolidar la desigualdad.

Las mujeres reducen su tiempo de trabajo, se ausentan del mercado laboral, se pierden oportunidades de promoción y dinero cuando dedican tiempo y esfuerzos a la inconmensurable tarea de cuidar, no sujeta a medida toda vez que en su mayor parte renunciamos a ponerle precio y, por tanto, a medir su aportación a la creación de riqueza y bienestar. Cuando sí le asignamos valor de mercado, consideramos que se trata de empleo rutinario, poco cualificado y poco productivo.

En la centralidad

El feminismo lleva más de un siglo explicando tenazmente que la construcción del ámbito productivo como antagónico al reproductivo, con todo el conjunto de dicotomías semánticas que de ahí se derivan, es precisamente el cimiento sobre el que se sostienen las sociedades patriarcales. El lema Lo personal es político de la segunda ola del movimiento feminista pretendía catalizar esta falsa disyuntiva entre lo público y lo privado. Pero por desgracia, teoría feminista leemos poco, y estudiamos menos. Sin embargo, tres de los debates más importantes sobre el futuro de las sociedades contemporáneas –la sostenibilidad del planeta, el aumento de la desigualdad y la automatización del trabajo– devuelven a la centralidad los principales postulados feministas, aunque cueste la vida darle crédito.
Qué significado damos al cuidado que damos y recibimos de los demás, qué valor le damos a las responsabilidades y compromisos en nuestro entorno más próximo, conectan ahora con discusiones en torno al progreso humano.

Debemos dejar de equiparar el PIB con la riqueza y contabilizar las actividades no remuneradas que nos hacen vivir mejor

Célebres economistas explican que hay algo profundamente erróneo con la manera en la que entendemos la economía y su beneficio. El primer paso para cambiar ese obsoleto paradigma sería cambiar precisamente su métrica. David Pilling lo explica en El delirio del crecimiento: el trabajo que hace mover el mundo es opaco a las contabilidades nacionales. La contaminación medioambiental, el tráfico de armas o la producción de cosas inútiles aportan más al producto interior bruto que los traslados en bicicleta, la acción comunitaria o las lentejas que preparamos en casa. Si convenimos que con los últimos podríamos salvar el planeta, deberíamos de dejar de equiparar el PIB a la riqueza o nivel de bienestar de un país o, mejor todavía, deberíamos de empezar a introducir en la contabilidad todas las actividades por las que no media transacción económica y, en cambio, contribuyen a que vivamos en un lugar mejor.

A finales de los años ochenta, en If Women Counted, Marilyn Waring hablaba de la necesidad de encontrar mediciones precisas del valor que tiene el apoyo mutuo y las relaciones de cooperación como paso previo a conocer su aportación a la felicidad colectiva.  En nuestro país, la socióloga María Ángeles Durán calculó en uno de sus últimos trabajos que el esfuerzo que realizan las cuidadoras informales equivaldría a 28 millones de empleos.

Ante la automatización

Qué es lo que crea valor, y con qué parámetros medimos ese valor. Son preguntas que subyacen también a las incógnitas que rodean el efecto que tendrá la automatización sobre el trabajo humano. ¿En qué tipo de sociedad viviremos cuando una parte significativa del trabajo que hacemos hoy sea sustituida por robots? Dejando al margen la discusión concreta sobre cuántos trabajos llegarán realmente a ser superfluos, la cuestión de más largo recorrido es sobre la vida en una sociedad en la que el trabajo asalariado deja de ser el eje sobre el que pivota todo.

Si mantenemos la desigualdad y la jerarquía como principio de organización social, en Four Futures Peter Frase augura un futuro distópico en el que los avances en inteligencia artificial  benefician a una reducida élite a costa de una masa desposeída. La ciencia ficción ya ha imaginado cómo sería la vida en una tierra arrasada en la que pocos controlan la tecnología frente a un regimiento de desposeídos. El futuro se vuelve más utópico si los desafíos que la robotización plantea se abordan en cambio desde una concepción más igualitaria de la organización social y desde el entendimiento de la perversidad del crecimiento ilimitado.

El feminismo, en cuanto movimiento emancipador y transversal de base, ofrece las llaves capaces de abrir las puertas de futuros sostenibles. Contribuirá a descubrir esos círculos virtuosos de los que hablan las discusiones en torno a la transición ecológica. Incluso aceptando la necesidad de ciertas renuncias, en la confluencia de este interés general reside toda su fuerza política.

El mundo del mañana será feminista, o no será.

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