Todavía no sabemos qué puede una mujer

Nuria Alabao
Licenciada en Periodismo y doctora en Antropología Social y Cultural. Forma parte de la Fundación de los Comunes. Ha participado en obras colectivas como "Un feminismo del 99%" (Lengua de Trapo, 2018), entre otras

Pertenezco a la generación que nació en plena Transición. Durante su adolescencia en los sesenta, mi madre todavía atesoró piezas para su ajuar, aunque tampoco tuvo mucho tiempo para ello, se casó a los 21, y en tres años nos tuvo a mi hermano y a mí. Hoy la mayoría de mujeres en España son madres casi una década más tarde, y nuestra tasa de natalidad es la más baja de Europa. Siempre he pensado que es probable que no hayan existido dos generaciones seguidas de mujeres con expectativas vitales más diferentes. ¿O quizás la verdadera transformación se produjo entre la de mi abuela y la de mi madre? En cualquier caso, en solo tres generaciones, las mujeres en este país éramos otra cosa totalmente distinta. Ser madre hoy es una opción entre otras para las mujeres, importante sí, pero para la mayoría no constituye el eje principal de su vida y en la actualidad hay pocas millenials o postmillenials que sepan siquiera qué es un ajuar.

Tradicionalmente las diferencias entre géneros se han configurado a partir de la posición social de las mujeres como reproductoras y cuidadoras del hogar. Esto implicaba criar, pero también poner a punto a nuestros maridos para el trabajo y ocuparnos de los que no pueden valerse por sí mismos. Esta división arbitraria de tareas estaba en la base de la división sexual del trabajo e implicaba apartar a las mujeres del espacio público, del ámbito político y, en lo posible, del trabajo asalariado. La desigualdad en el mercado de trabajo que vivimos hoy está totalmente vinculada a esta condición de cuidadoras. Así como nuestra dependencia económica, a la subordinación al marido. Y todo ello tiene que ver con nuestra menor consideración social: producir para el mercado confiere estatus y reconocimiento, mientras que ocuparse de la vida, cocinar, limpiar a enfermos, cambiar pañales, no. Este es el principal muro que las mujeres hemos tenido que ir derribado para abrirnos posibilidades de existencia.

La revuelta femenina de los años sesenta/setenta centrifugó los roles tradicionales de género y la democracia trajo la igualdad de derechos formal. En España la generación de mi madre estaba en general muy politizada, el movimiento feminista era fuerte y estaba vinculado a la lucha contra el franquismo. A esas mujeres –y más de dos siglos de luchas– le debemos que hoy lo que puede ser y hacer una mujer esté más abierto que nunca. Mi generación sin embargo, nacida en democracia, ya no siente tanto la necesidad de luchar por esas cuestiones.

Nueva movilización

Hoy, sin embargo, asistimos a una inusitada ola de movilización feminista protagonizada por mujeres jóvenes. ¿Por qué ese resurgir? Las adolescentes viven hoy con muchísimos menos límites que las precedentes. Es difícil que alguien les diga que hay cosas que no pueden hacer, o sitios a los que no puedan ir por ser chicas.

El camino de las mujeres deberá ir con la transformación de la identidad masculina que ahora se opone a nuestra libertad

Es posible que aquí resida una de las claves: estas jóvenes que se crían bajo un discurso de libertad, tienen expectativas que chocan contra la materialidad de la realidad social. Quizás ya no les dicen “no llegues tarde a casa”, pero el miedo a las agresiones sexuales impone sus propios límites, así como se hace presente la conciencia de la propia fragilidad recordada constantemente a golpe de sucesos en los informativos. Ha habido un gran cambio cultural que choca con su día día: es el acoso en la calle o en los transportes públicos, pero también el novio celoso que te controla, te mira el WhatsApp o las hirientes exigencias sobre el propio cuerpo que las redes sociales agudizan –un cuerpo delgado, a la moda, depilado y cruzado por mil imposiciones externas capaces de generar más patologías relacionadas con la comida que las de ninguna generación precedente–. Las jóvenes se acercan al feminismo atraídas por experiencias personales y porque no comprenden que ciertas situaciones se den en un mundo supuestamente igualitario. Sienten que para encajar en la sociedad deben encasillarse en modelos restrictivos que les cierran posibilidades y las constriñen.

De estas expectativas desacopladas parte probablemente la necesidad de movilización de las jóvenes. Cuando entienden que lo que les sucede no es un problema individual sino colectivo, sienten la necesidad de salir a la calle, pintar pancartas u organizarse. En este camino se transforman a sí mismas y aprenden a interesarse por otras cuestiones políticas. Pronto esas jóvenes aprenden cómo la cuestión de género atraviesa muchos otros problemas que se les irán presentando: el paro juvenil, la falta de expectativas que les empuja a la emigración o la crisis de vivienda. Muchas no querrán ser madres, pero las que quieran lo tendrán muy difícil. Las mujeres tenemos las mayores tasas de desempleo, los salarios más bajos, los mayores índices de pobreza y precariedad. Todavía hay mucho por conquistar y no sabemos lo que una mujer puede.

Ellos han cambiado menos

Si la feminidad y los modelos femeninos han cambiado profundamente, los masculinos no se han transformado en la misma medida. La hombría sigue definida en parte por la afirmación de poder sobre lo femenino y eso a veces acaba por transformarse en un ejercicio de fuerza sobre las mujeres. Las agresiones sexuales son expresiones de esa necesidad de poder o de dominación sobre lo femenino que todavía se resiste a desaparecer.

Para la antropóloga Rita Laura Segato, no es solo la crisis de esta masculinidad puesta en entredicho por la liberación femenina la que causa una agudización de la violencia. Segato dice que la precariedad ha aumentado en todos los órdenes de la vida y el hombre, que por su mandato de masculinidad tiene la obligación de ser fuerte, se encuentra en dificultades para seguir siéndolo. Lo que pone en crisis la masculinidad tradicional es la falta de empleo o la precariedad laboral, el debilitamiento de los vínculos sociales, el desarraigo de las comunidades tradicionales… Ahí existe un germen que reproduce o agudiza la violencia sobre las mujeres: en un intento de afirmación de la hombría cuando todo lo demás falla.

Queda mucho camino por recorrer para que las mujeres sepamos lo que una mujer puede. Lo que está claro es que nuestro camino tendrá que ir de la mano de la transformación de la identidad masculina que ahora se opone a veces a nuestra libertad.

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