Una alternativa para el campo

Payés y ganadero de La palma d’Ebre (Riera d’Ebre), es con 25 años un de los pocos payeses jóvenes que quedan en el pueblo. Trabaja el olivo en una explotación familiar y tienen una marca propia de aceite (Prior Dei). Ha visto mundo (La Toscana, California…) para aprender a comercializar, producir y hacer rentable su aceite, pero con la firme decisión de acabar aplicando estos conocimientos al pueblo que le ha visto nacer.

Soy de un territorio que parece haya dejado de creer en el futuro de un sector, en un país que se muestra, en mi criterio, perdido a la hora de elaborar un plan clave sobre dónde deberíamos ir a parar. Soy también agricultor y ganadero por vocación y de oficio, formo parte de una explotación agropecuaria familiar y centenaria, además, a menudo me gusta abrazar la idea de que no todo acabará conmigo. De esta manera es como yo llego a plantearme el futuro del sector agroalimentario, no solo como un ámbito económico o una estructura empresarial, sino yendo más allá, como una forma de vivir, ver, pensar y actuar. ¿Todo esto debido a qué? Pues bien podría ser a todo aquel recopilatorio de valores transmitidos de generación en generación, un saber hacer ancestral, un amor a lo que se hace y un cuidado atento a la forma como se hace. Evidentemente sin dejar nunca de lado todas las facilidades (tecnológicas, de investigación, comunicativas, de formación …) que nos ha ofrecido el siglo XXI, y quizás centrando el peso importante de esta reflexión en ellas, ya que en los tiempos venideros será clave cómo las utilizamos, para garantizar no solo un futuro sostenible del sector sino, además, una consolidación de este como básico e imprescindible. Por eso cuando hablamos de sostenibilidad debemos tener en cuenta tres puntos muy importantes: economía, sociedad y medio ambiente.

En nuestro país se consume alrededor de 100 millones de litros de aceite de oliva, pero tan solo se producen 33 millones, la paradoja de todo esto es que solo 12 millones son los que se venden y consumen aquí

La sostenibilidad económica la podríamos definir de una manera muy sencilla: para que la gente continúe desarrollando su actividad, se tiene que ganar la vida. Si no, nos encontraremos ante un claro despoblamiento del mundo rural y un incremento de importación de alimentos que, a su vez, podría traducirse en una disminución de demanda del producto nacional, ya que, debido al gran invento del comercio global y las bajas restricciones a la hora de producir en un tercer país, el producto fuera parece más barato que el nuestro. De esta manera nos veríamos obligados a malvender nuestros productos, lo que resultaría en una rentabilidad nula de nuestras explotaciones y deberíamos acabar cerrando.

Pues bien, tengamos los pies en el suelo, esta es la realidad con la que convivimos hoy. Una realidad que parece no tener importancia ni para los gobiernos ni para aquella sociedad a la que representan. Una realidad que incluso nosotros no acabamos de entender, y tantas veces nos olvidamos de combatir. Permitidme centrarlo en el sector del aceite de oliva, ya que es aquel al que nos dedicamos a casa y nos preocupamos por entender cada día más.

Cataluña 100-33-12. En nuestro país se consume alrededor de 100 millones de litros de aceite de oliva, pero tan solo se producen 33 millones, la paradoja de todo esto es que solo 12 millones son lo que se venden y consumen aquí. ¿Qué pasa con los demás? ¿Por qué si la demanda es 3 veces superior a la producción total no se quedan aquí? ¿De qué manera los vendemos?… y así podríamos seguir formulando preguntas obvias, pero trataremos de darles respuesta.

Los 21 millones restantes se destinan a la exportación, mayoritariamente en graneles y con destino a Italia. No se quedan aquí porque, y aquí entonamos sentimiento de culpa, nos hemos preocupado más de producir que de vender, favoreciendo la aparición de intermediarios y la inexistencia del valor añadido. Si seguimos jugando a este juego, continuaremos haciéndolo a remolque de grandes empresas y/o regiones productoras. Es por ello, y tratamos de extrapolarlo a todos los sectores, que un futuro económicamente viable tendría que pasar para que el agricultor se convirtiera en el mismo vendedor, que registrara su marca, diera el valor añadido que sus productos tienen y saliera a presentar su producto a la sociedad. Una sociedad que debería conocer y valorar este producto, ya que no solo es bueno, sino que además consumiéndolo ayuda a mantener un tejido social activo y creciente del mundo rural, haciendo que su vecino pueda continuar desarrollando su actividad y además lo haga de una manera medioambientalmente sostenible.

Si todos estamos de acuerdo en que tenemos que legislar sobre lo que se puede y lo que no se puede hacer, o como deberíamos hacerlo, estemos también de acuerdo que desde un despacho en el área metropolitana no se pueda dictar, por ejemplo, como los ganaderos del Pirineo deben gestionar sus prados y animales

En el contexto que vivimos, vemos como la sociedad rural se ve claramente amenazada y condicionada por la urbana. Dos maneras muy diferentes de entender y gestionar el territorio. Mientras en el mundo rural el 10% de la población mantiene viva el 90% de la superficie catalana, el mundo urbano que solo ocupa el 10% de superficie, el otro 90% de población se esfuerza en hacernos cada día más difícil esta tarea.

Si todos estamos de acuerdo en que tenemos que legislar sobre lo que se puede y lo que no se puede hacer, o como deberíamos hacerlo, estemos también de acuerdo que desde un despacho en el área metropolitana no se pueda dictar, por ejemplo, como los ganaderos del Pirineo deben gestionar sus prados y animales. O como los arroceros del Delta del Ebro han de ver de brazos cruzados como desaparece su medio de vida y un ecosistema único en el país … Pero no solo eso, ya que las infraestructuras y servicios se ven en clara desventaja. ¿Cómo puede ser que un abuelo de 80 años tenga que hacer una hora de desplazamiento para acudir a un centro sanitario o que los médicos de cabecera vayan cronometrados de un pueblo a otro sin poder ofrecer toda la atención que se les requiere? Los gobiernos juegan un papel fundamental en todo esto, aunque desde el punto de vista del mundo rural podríamos decir que no lo juegan o lo juegan en contra. Es de esta manera que para garantizar el asentamiento y futuro de una sociedad rural que gestione un sector agroalimentario «potente», se necesita un gobierno que crea en ella, la nutra de recursos y facilidades y aprenda a escucharla.

Vivimos un proceso de cambio, un cambio que puede desembocar en la pérdida de cultivos, bosques, ecosistemas… y lo llamamos cambio climático. Aunque las dos amenazas que os contaba antes ya son bastante considerables, esta que es consecuencia de todas juntas, es la que puede reducir nuestro medio de vida y trabajo a nada. Es de esta manera que sí, de acuerdo, ahora más que nunca necesitamos el mundo agroalimentario comprometido con prácticas responsables y respetuosas, para poder continuar garantizado la viabilidad medioambiental del mismo, pero también una administración que trabaje codo a codo con nosotros y no genere más impedimentos que aquellos que son necesarios. El futuro, creo, pasa por un producto de proximidad, elaborado, envasado y consumido dentro del mismo territorio. Para la creación de la cultura de producto, el conocimiento de este y su difusión. Pero también por la constante investigación de nuevos métodos productivos, empleando correctamente la tecnología a nuestro alcance para reducir la ya tan famosa huella de carbono.

Garantizamos y promovamos, pues, el mundo rural para asegurar un futuro prometedor. Hagámoslo creyéndonos todo lo que somos como agricultores y ganaderos, formándonos y persiguiendo la excelencia. Hagámoslo como sociedad con un consumo responsable y sostenible, y hagámoslo como gobiernos creando antes de que prohibiendo.

 

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