Vivir en otro planeta

Inició su trayectoria pública como concejal en Asturias. Es patrono de la Fundación Renovables y colaborador en tareas de difusión de sus objetivos y en la consecución de alianzas sociales por una transición energética justa y hacia un modelo productivo de país libre de emisiones. Es Secretario de Estado de Medio Ambiente.

En la COP25 hemos constatado, una vez más, hasta qué punto las rigideces de toda negociación multilateral dificultan la consecución de acuerdos, y cómo el objetivo de salvaguardar la pervivencia futura del foro de diálogo acaba imponiéndose sobre el de los resultados que de dicho diálogo se esperan. Probablemente asistimos a una estrategia que, no por repetida, se ha venido demostrando muy efectiva para quienes fían su éxito al inmovilismo; de tal suerte que al forzar in extremis agotadoras negociaciones sobre las formas, han conseguido diferir una y otra vez a futuro cualquier negociación sobre el fondo. Bien es verdad que en esta ocasión parecía que el objetivo último de algunos pasaba por dinamitar la Conferencia de las Partes misma y, con ella, el Protocolo de Kyoto y el Acuerdo de París y sus compromisos.

La voz de los jóvenes

Pero en Madrid ha irrumpido con fuerza en el escenario de la negociación un protagonista que hasta el momento no había sobrepasado el papel de espectador, o cuyo papel había permanecido muy en segundo plano. La propia sociedad ha decidido enarbolar el estandarte de la ciencia para exigir acción inmediata, y constituirse así  en parte insustituible del proceso. Los jóvenes han alzado su voz para lanzar una clara advertencia: si las instituciones no gestionan con la diligencia debida la delegación de representación que la sociedad les encomienda, la sociedad recuperará para sí la plena capacidad de negociación y de decisión. Se evidencian así una vez más las grietas de una gobernanza incapaz de dar respuesta a los retos de la globalización; grietas por las cuales se cuelan de la mano negacionistas, populistas y nacionalistas, con intereses convergentes.

El conocimiento es el vector que activa la movilización climática, de tal suerte que son los jóvenes quienes sacan a la calle la voz de la ciencia que hasta ahora había permanecido encapsulada en los ámbitos académicos.

El conocimiento es el vector que activa la movilización climática global, de tal suerte que son los jóvenes, con el poder que les confiere el manejo de las redes sociales, quienes sacan a la calle la voz de la ciencia que hasta ahora había permanecido encapsulada en los ámbitos académicos. Estudiantes que han sido el motor principal de la revolución digital que ha desencadenado un cambio de era, con el salto definitivo a la globalización; jóvenes que conviven en tiempo real con la información que incesantemente produce la comunidad científica internacional. No han necesitado más de diez años para dar un vuelco total a nuestras pautas de comportamiento ciudadano, hasta convertirnos en una sociedad digital, y van a provocar una respuesta a la crisis climática global auténticamente disruptiva.

Los factores del tiempo y la distancia

Pero en el éxito de una movilización global anidan larvados los riesgos que pueden desencadenar su fracaso. El tiempo y la distancia son dos factores que determinan en buena medida la capacidad de reacción social ante cualquier evento, y no ha de ser excepción en lo que concierne al reto global de hacer frente a la crisis climática, porque en ambos casos son condicionantes que minoran o desactivan el nivel de emergencia, que es el que se pretende para una acción que será tanto menos efectiva cuanto más se demore su puesta en marcha. Nuestra sensación de emergencia para hacer frente a catástrofes se diluye cuanto mayor sea la distancia que nos separa del lugar en que éstas tienen lugar, y tenemos tendencia a procrastinar tanto más cuanto mayor sea el plazo que nos separa del momento en que hayan de producirse.

La convencional referencia en las publicaciones científicas al horizonte del 2100 para cuantificar la intensidad de los previsibles impactos del calentamiento global, o los horizontes fijados para el cumplimiento por parte de los gobiernos de los objetivos acordados (2030/2050), contribuyen a relajar la percepción de urgencia en la adopción de las medidas tendentes a corregir o revertir políticas y patrones de producción y consumo. Intuitivamente concluimos que no es una emergencia algo que no va a tener lugar hasta dentro de varias décadas. La solidaridad intergeneracional precisa de herramientas normativas sólidas que activen su puesta en práctica desde el primer momento, garantizando su estabilidad en el tiempo, de tal manera que no hayan de pagar mayor precio en un futuro más lejano aquellos que habrán de sufrir los peores efectos, habiendo sido los que menos habrían contribuido a generarlos. Hemos de asumir que la transición será tanto menos justa cuanto más la retrasemos.

De igual forma, la conciencia de impacto climático se torna abstracta cuando no se demuestran sus consecuencias en el entorno local, y puede conducir al escepticismo si se traduce en trastornos difíciles de asumir en primera persona, cuando los mismos no se ven compensados con beneficios visibles y cuantificables. Si atendemos a los datos sociológicos que arrojan los distintos estudios disponibles, el grado de conciencia ciudadana respecto a la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero es muy alto en la sociedad europea, e incluso mayor en nuestro país; pero cuando su aplicación práctica afecta al cierre de una planta de generación de energía, a restricciones en el uso vehículos, o al anuncio de prohibición en la fabricación de determinados productos a partir de una fecha concreta, por poner algunos ejemplos, en el entorno local concernido suele plantearse una reacción parecida: ¿por qué ha de tocarnos a nosotros? Y si hablamos de la adopción de medidas de adaptación, las reticencias locales o sectoriales se acentúan más aún; la planificación hidrológica y sus consecuencias sobre la actividad agraria, o la revisión de las ocupaciones y utilización en el dominio público marítimo-terrestre, o en el dominio público hidráulico, implican cambios de modelos de usos muy arraigados en el tiempo y en los lugares, que chocan con intereses y comportamientos a los que no se está dispuesto a renunciar de buen grado.

Cambio cultural

Vemos que el reto más difícil de afrontar en la acción frente al cambio climático va a ser el de la adaptación cultural, porque se da la paradoja de que viviremos en un Planeta diferente sin movernos de éste; algo que provocará traumáticos cambios de diferente alcance en distintas regiones, y ello conllevará respuestas socialmente diferenciadas frente a un fenómeno único porque es global, pero con rangos de impacto dispares. Para responder de forma adecuada y justa a esta crisis será preciso contar con herramientas de gobernanza multilateral asentadas sobre mecanismos dinámicos, transparentes, y científicamente muy robustos. Quiero creer que esta es la conclusión principal que hemos extraído de la COP25.

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