Alteración consciente de la realidad

Maria Sisternas
Urbanista y escritora.

Mis hijas duermen. Tengo las ventanas de casa abiertas, pero no se mueve ni una bisagra. El bochorno tropical se combina con el ruido de los generadores del mercado, acelerones de los vehículos, voces en la plaza y la vecina adolescente que llama al gato del vecino de abajo. Ahora suenan las campanas de las once. A las cinco y media entrará el sol por la ventana, y a las siete las gaviotas y las golondrinas me despertarán como lo han hecho todos los veranos desde que tengo memoria. Estas interrupciones son mis referencias. Para mí esto es exactamente la cadencia nocturna del verano en Barcelona.

Tiene muy poco que ver con la imagen estéril que pinta la propaganda turística habitual. Una cosa es la identidad, la otra es la marca. La diferencia entre identidad urbana y marca de ciudad es que la primera es real y la segunda, un constructum: la marca se construye obviando las contradicciones o lo que estorba. La marca es un relato sintético que se escribe para ser repetido por boca de otros, donde no cabe todo, y donde se recogen estrategias que son deberes, y, por extensión, discursos políticos o politizados. La identidad, en cambio, es acumulativa, como el querer: se pueden poner tantas capas como convenga y un rasgo no borra otro; se suman en una identidad poliédrica y más compleja.

Identidad de las ciudades

Demasiado a menudo las ciudades se afanan por construir una imagen de marca dulce, que guste a todos, porque se supone que así se podrá difundir mejor. La ciudad conectada, la ciudad global o la ciudad verde, son conceptos de marcas que se han convertido en lugares comunes, vacíos de contenido y muy falsos porque no reflejan la multiplicidad de estímulos y parámetros que definen las ciudades.

La identidad de las ciudades no es original, ni única, ni excepcional. El alma de Barcelona, por ejemplo, bebe del poblado ibérico de Barkeno, de la ciudad griega de Emporion, que a su vez se inspiró en Massilia, de la Bàrcino romana, y de tantas otras civilizaciones que han crecido por el recurso sistemático de la imitación y mejora. Para los barceloneses, lo que mejor nos caracteriza es el Eixample: la secuencia de manzanas de proporción cuadrada con chaflanes y patios de manzana, con un parcelario muy denso y edificios muy altos y estrechos, define bien a Barcelona. Desde fuera, todo el mundo se adhiere al modernismo y a Gaudí, pero los barceloneses evocamos los cruces y los interiores de manzana, elementos mucho más prosaicos. Para una cerveza, es fácil presentarse mediterráneamente.

La diferencia entre identidad urbana y marca de ciudad es que la primera es real y la segunda, un ‘constructum’

Para una ciudad como Barcelona, sería frívolo reducirla al vermut y las siestas junto al mar. Para los arquitectos nostálgicos como yo, la identidad mediterránea tiene que ver con la arquitectura austera de Sostres, el Grup R, MBM o Coderch, de espacios confortables pensados para ser vividos en largas sobremesas, con persianas de librillo, porches sombríos y noches de verano al aire libre. Las decisiones macroeconómicas tienen impacto local, a menudo sin que tengamos conciencia, porque quedan fuera del ámbito de opinión municipal. La banca española ha decidido quitarse de encima todos los pisos y solares acumulados durante los años de manía inmobiliaria. Fondos como Blackstone, Cerberus o Lone Star compraron paquetes de pisos que rehabilitan y gestionan obteniendo “sólidos retornos” para inversores de todo el mundo. Esto tiene fortísimas consecuencias sobre la identidad de las ciudades donde vivimos.

<h3″>Productos estandarizados

Si los propietarios o accionistas no viven ni pisan la ciudad, lo que construyen son productos estandarizados, ignorando el oficio milenario de construir una ciudad. Se ve en su propaganda: pisos despersonalizados, convencionales, anodinos y sin ningún valor urbano. Los fondos vienen atraídos por la marca de ciudad, por el valor seguro que es invertir en espacios vibrantes, muy centrales, donde hay una aparente calidad de vida, garantizada por los residentes locales. Pero se han olvidado hasta ahora de construir lugares a los que pertenecer.

 

La identidad urbana es una materia sensible que nadie debería ignorar. Ejercer el derecho a la ciudad es poder formular propuestas individuales o colectivas que cambien un legado milenario, pero tremendamente imperfecto. Exige no conformarse con ser meros habitantes de productos de inversión apilados, y tener opinión y visión para la ciudad futurible. El trabajo del urbanismo consiste en alterar conscientemente la identidad de la ciudad. Por eso cualquier proyecto, por pequeño que sea, tiene que explicarse en clave de diálogo con las preexistencias. Por otra parte, no creo que sea bueno congelar la identidad urbana en un momento determinado u oponerse a cualquier proyecto de iniciativa privada.

La parálisis tiene rédito político (menos riesgo) pero supone un retroceso, porque renunciar a la creatividad, la innovación o la dimensión cultural de los proyectos, solo resulta en visiones nostálgicas y ciudades musealizadas, vacías de atractivo contemporáneo. Las ciudades deben explicitar cuáles son las reglas del juego para preservar su identidad sin renunciar a los cambios. Más que invertir en una marca de cara a la galería, hay que hacer que los inversores lean, se paseen y pisen cada rincón de la metrópoli para cultivar el gusto por nuestra ciudad.

La identidad urbana es una materia sensible que nadie debería ignorar

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