Los medios y el grito en la ventana

Directora de Estrategia de eldiario.es. Colabora con The Washington Post. El curso 2017-2018 fue Nieman Fellow en la Universidad de Harvard, y ha dirigido seminarios sobre medios y polarización en el Instituto de Política de la Universidad de Chicago

Hace unas semanas salí de ver la obra Network con una sensación de inquietud. Es una sátira sobre la televisión y está basada en la película homónima de 1976.

La incomodidad se notaba entre el público del teatro de Broadway, en Nueva York, donde se representa. El show terminó con gritos y cierta tensión entre el público por un vídeo donde también sale Donald Trump. Una mujer se acercó a un técnico que manejaba una mesa de mezclas para quejarse de que los tiros en otra escena tenían un sonido demasiado realista.

La incomodidad venía sobre todo de dos horas de zigzags sobre los medios y el público con el poderoso Bryan Cranston en el papel del presentador de televisión Howard Beale, primero víctima de las audiencias y luego maestro en dirigirlas. En la escena más famosa, también de la película, el presentador anima a los televidentes a asomarse a la ventana y a gritar sin más “estoy muy cabreado y ya no aguanto más” (el desahogo prerredes de los setenta). La mayoría del público que hay en el teatro acaba coreando el grito como parte del espectáculo.

La realidad antes de las redes

A los ojos neoyorquinos, Network parece una parodia de los presentadores conservadores de Fox News y tal vez de la televisión por cable en general antes de que existiera, pero la obra acaba en un inesperado canto contra las “creencias absolutas” también del público, que hasta entonces ríe con cierto aire de superioridad.

Network nos pone frente al espejo antes de que podamos refugiarnos en la excusa de las redes como ente abstracto con su propia dinámica ajena a la sociedad y a la responsabilidad personal. La provocación del enojo, la creación de fantasmas con problemas sobredimensionados o inexistentes, la perpetuación de los clichés racistas o misóginos y la explotación del enfrentamiento para conseguir más audiencia y más votos estaban entre nosotros antes de que llegaran “las redes”.

Si bien es cierto que la dimensión, el acceso y el lenguaje de las redes (seguidores, amigos, troles) han multiplicado el impacto de los mensajes, también los plagados de mentiras, y han diluido el papel de los periodistas, la responsabilidad de los medios es aún más grande. La elección entre ser un agitador o un referente es constante y tiene consecuencias.

La labor del periodista es elegir y dar contexto a qué se dice, quién lo dice y por qué; si no, es mejor callar y no añadir ruido

Así es en los Estados Unidos, cuyo presidente mina a diario las instituciones no partidistas, y así es en España, donde el deterioro del debate público es alarmante. El ascenso de un pequeño partido de ultraderecha no es más que otra consecuencia de un ambiente intoxicado a menudo de manera artificial.

La crisis existencial del modelo de negocio y el papel de la prensa en un mundo más fragmentado han propiciado algunos ejemplos escalofriantes en medios todavía deslumbrados por el click barato, el dinero que mueve la televisión o la cercanía a un poder político cada vez más débil.

El juego a favor de quienes cuestionan los principios básicos de la democracia se hace a base de crear metáforas altisonantes en los titulares, dejar que los columnistas hagan pasar falsedades por datos y presuman de ello, y cacarear, siguiendo a los políticos, la última declaración de cualquiera que tenga un micrófono o un tuit a mano. Poner unas comillas a cualquier burrada no es suficiente.

La labor de los periodistas, si no queremos ser unos arengadores más, es elegir y dar contexto a qué se dice, quién lo dice, por qué lo dice. Si no somos capaces de hacerlo, es mejor callar, no añadir más ruido.

Por contraste, la buena labor de quienes cumplen con su función de servicio público también se aprecia más. A menudo, se trata de algo tan fácil como no dar cobertura a cada declaración provocadora solo porque llame la atención y no porque tenga un plan detrás o porque venga de alguien relevante.

El lingüista George Lakoff, autor de Don’t think of an elephant!, aconsejó en 2016 no seguir a Trump en cada ocurrencia. Como él explica, si le dices a alguien “no pienses en un elefante”, solo provocarás que tu oyente o lector piense… en un elefante. La negativa de algo lo fortalece solo por el hecho de mencionarlo.

En la práctica, el equilibrio es más difícil de conseguir, sobre todo cuando “el elefante” es el presidente. Pero incluso en este caso, los medios han aprendido a no cubrir cada tuit de Trump y a señalar con tiento sus mentiras. Una técnica, por ejemplo, es lo que Lakoff llama “sándwich de verdad”: empezar con el hecho real, incluir la mentira sobre ese hecho y explicar después por qué no es verdad lo que dice el político de turno. Elegir y dar contexto debería ser más fácil cuando el mentiroso es un político marginal.

Las minorías ruidosas aprovechan la pereza y el desasosiego de la mayoría para entrar en debates que son secundarios para la vida y pueden comportar ataques personales. El espacio público sí debería ser central en la vida de los medios.

En mayo de 2018, la profesora Whitney Phillips publicó un informe que incluía decenas de recomendaciones para no caer en la trampa de quienes aspiran a atraer la atención de los medios y utilizarlos como altavoz. “Los periodistas no solo son parte del juego”, decía Phillips en vísperas de las elecciones legislativas de los Estados Unidos. “Los periodistas son el trofeo y deberían preguntarse siempre cómo les están utilizando, cómo encajan en la historia y cómo pueden minimizar los daños”.

Tal vez porque he pasado los dos últimos años en contacto con estudiantes universitarios, tengo la esperanza de que parte de la tensión que está creando monstruos se resuelva con los jóvenes que vienen. La generación posmilenial, nacida entre los años 1997 y 2012, ve menos la tele, sabe detectar mejor los bulos y es escéptica sobre la mezcla de hechos y opinión. Ha crecido en una sociedad más variada e igualitaria.

La esperanza es que estos jóvenes sean más difíciles de manipular por el político que quiere dar marcha atrás en la historia o pretende inventar una idea de pureza nacional, y por el periodista que piensa que podrá reconquistar a los lectores y oyentes perdidos si logra que se asomen a la ventana a pegar un grito… o a colgar una bandera.

¿Te ha gustado este articulo? Compartir

Suscríbete al boletín de El món de demà y recibe cada quince días nuestro sumario de artículos.