Sobrevivir al populismo

Jordi Feixas i Roigé
Doctor en Filosofía, profesor de bachillerato y colaborador habitual de La Vanguardia Digital. Estudia la historia de lafilosofía moral y política

Como un fantasma opuesto al que anunciaban Marx y Engels en 1848, un movimiento populista y conservador recorre Europa. Oposición al cosmopolitismo, defensa de la nación y de la tradición, resistencia a los cambios morales propuestos por la izquierda (y asumidos casi siempre por el centroderecha), proteccionismo frente al libre mercado y fuertes reticencias ante la inmigración. Estos son algunos de sus pilares.

La preocupación ante dicho fenómeno lleva a preguntarnos cómo puede la democracia liberal resistir el embate del populismo. Y tal vez si intentamos comprenderlo, tendremos alguna posibilidad. Sin embargo, en nuestro esfuerzo deberíamos tener presente que, a menudo, las palabras dicen más de nosotros que de aquello que aspiramos a entender.

Miopía ante el populismo

Así, como europeos, el fantasma de los horrores del siglo xx parece mantenernos en tensión ante el nacionalismo o la defensa enfática de las tradiciones, como si el conservadurismo fuera un camino directo hacia el fascismo o un paso atrás en el progreso de la humanidad. Tales consideraciones son comprensibles, pero están tan injustificadas como la suposición de que todo defensor de la libertad ilustrada está destinado a caer, finalmente y por lógica del pensamiento, en los terrores del comunismo.

Algunos han considerado que la reciente hegemonía del pensamiento liberal ilustrado, con su insistencia en la libertad, la autonomía, la ciudadanía universal, la solidaridad entre los pueblos y la idea de progreso, explica tanto el surgimiento como la citada miopía ante el populismo. La defensa dogmática de estas ideas habría provocado un olvido que es intolerable para el ser humano porque niega las realidades más particulares, tradicionales y propias que dan sentido moral y seguridad a nuestras vidas. Y ante este olvido, compartido ampliamente por unas élites cuestionadas por la última crisis económica, habría nacido como reacción una apelación al pueblo en contra de unos líderes cuyos proyectos hace tiempo que dejaron de favorecerle.

Por otro lado, los que no comparten dichas reivindicaciones acusan de populista a lo que, desde una óptica progresista, parece un retroceso pueblerino que flirtea con terrores de antaño y cuya presencia debería ser purgada de toda democracia avanzada. Allí donde no llegan los argumentos aparece el insulto y, con él, el aumento de la radicalidad y cohesión de quienes son insultados.

Desde otra óptica, los relatos de nuestro imaginario político nos recuerdan los peligros que entrañan las seducciones a las que el pueblo sucumbe, especialmente cuando una parte de las élites incentiva de forma irresponsable ciertas pasiones. Desde Platón hasta la experiencia de los fascismos, pasando por Madison o Mill, nuestra tradición nos advierte del gran problema de la democracia: su tendencia a tiranizar a través de la opinión mayoritaria e, incluso, a caer bajo el influjo del carisma peligroso de un líder que promete soluciones fáciles y cosecha horrores.

El gran problema de la democracia es su tendencia a tiranizar a través de la opinión mayoritaria

Si las dos líneas de reflexión anteriores son correctas y las complementamos, el primer paso para sobrevivir al populismo conservador bien podría ser aceptarlo como lo que es: parte indisociable y en buena medida legítima de todo sistema democrático. Mientras haya humanos, habrá amor hacia lo propio porque nos desarrollamos en el seno de tradiciones e instituciones particulares que dan forma a nuestros imaginarios morales. Este es el olvido intolerable de buena parte de la clase política y cultural actual y especialmente de quienes, sucumbiendo a la presión intelectual imperante, han dejado no siempre en las mejores manos el destino de la reivindicación conservadora.

Equilibrio respetuoso

Así, deberíamos aceptar que la aspiración a la autonomía o a la libertad es tan humana como la aspiración al reconocimiento o a la pertenencia y que, por lo tanto, estamos condenados a vivir equilibrando las pulsiones de un ser humano que es, sustancialmente, un ser siempre paradójico. Esto, a su vez, parece requerir dos cosas. La primera, la presencia de élites políticas e intelectuales capaces de explicar el pensamiento conservador como el pensamiento legítimo que es, y hacerlo sin los radicalismos gestuales de otros. La segunda, la aceptación de que las condiciones de posibilidad fundamentales de una democracia liberal son el diálogo, el respeto y la no violencia. Por eso, nuestros fundamentos deberían situarse solo en aquello que genera un verdadero consenso y las demás ideas tendrían que ser aceptadas en un debate cuya tranquilidad y calidad es responsabilidad de quienes lo lideran.
Toda comunidad política necesita absolutos sobre los que erigirse. Como occidentales, haríamos bien en reclamar aquellos valores compartidos tanto por liberales como por conservadores y que nos han dado las mejores épocas que hemos conocido. Entre estos valores, están la tolerancia hacia todos excepto hacia el intolerante y un sistema legal de libertades individuales que permita la discusión pacífica de ideas y el reconocimiento de toda forma de vida que no atente contra ella. Porque, aunque la democracia liberal no fomente el mejor tipo de vida, es pertinente recordar que es el único régimen que permite practicar dicho tipo de vida en equilibrio respetuoso con otras opciones.

Diálogo responsable

Asimismo, convivir con el populismo es ser consciente de que nuestras democracias liberales fueron diseñadas pensando en aquello que los clásicos consideraban regímenes mixtos. Como sabían que jamás habría curas definitivas a los problemas humanos, la moderación clásica se tradujo en un sistema con elementos democráticos y aristocráticos cuyo equilibrio debía frenar las tendencias peligrosas de toda agrupación política. La combinación de un pueblo capaz de juzgar y una élite responsable de liderar era la mejor opción para contener los riesgos inherentes a la gestión de los asuntos  humanos, desde la tiranía de la mayoría a la potencial corrupción que conlleva toda proximidad con el poder. Defender dicha aproximación a las cosas políticas es ser republicano.

Por tanto, si somos republicanos deberíamos defender que el conservadurismo conviva legítimamente con los ideales progresistas y exigir la presencia de una élite bien preparada que lidere un diálogo responsable alejado de los peligros de la radicalización mayoritaria. Y para ello, aun teniendo presente que ser animales políticos implica vivir problemáticamente, el mejor paliativo parece seguir siendo el de siempre: una buena educación. Una educación científica, literaria, histórica, filosófica y moral que fomente la capacidad de debatir con tanta pluralidad como pueda soportar nuestro consenso básico, y con la moderación y responsabilidad propias de quienes se esfuerzan permanentemente por equilibrar esperanza y realidad.

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