De la diversidad al interculturalismo

Ricard Zapata-Barrero
Catedrático de Ciencia Política en la Universitat Pompeu Fabra y director del GRITIM-UPF y del Master en Estudios Migratorios.
Alumnos de quinto y sexto de primaria de la escuela Miquel Bleach de Hostafrancs escriben mensajes de despedida en la pizarra de su aula finalizar las clases. (David Airob)

La población cada vez más diversa (de culturas, nacionalidades, lenguas, religiones, etc.) que tenemos en nuestras ciudades es una consecuencia directa de la movilidad humana que trae consigo la globalización. Los Estados asumen que esta diversificación debe gestionarse, porque sin in- tervención suele generar extremismos ideológicos, fragmentación política, división social, xenofobia y racismo cotidianos. Pero no acaban de encontrar una manera eficaz y duradera.
¿Cómo gobernar la diversidad? sigue siendo la pregunta clave. Este debate empieza en los años ochenta del siglo pasado, siguiendo parámetros de justicia social, igualdad, libertades fundamentales, derechos humanos, pero también de proteccionismo nacional-estatal. Aquí entra la propuesta multicultural concentrada en proporcionar derechos específicos a aquellos que son diferentes, o unas más recientes centradas en los deberes mínimos requeridos para vivir juntos: una lengua mínima vehicular, pero también, compartir símbolos y conocimientos históricos nacionales.

En poco tiempo tener una única identidad nacional en la familia será la excepción

Pero estas propuestas acaban en frustración al constatar cómo en algunas ciudades se ha segregado territorialmente la diversidad y mezclado con desigualdades socio- económicas, y en otros barrios ni siquiera ha logrado penetrar. Vemos cómo la diversidad sigue siendo un factor claro de desigualdad económica y de nuevos procesos de dominación. La denuncia de las discriminaciones relacionadas con la diversidad es nuestra forma de generar consciencia.
Estamos igualmente en una fase de toma de consciencia de que toda política que se proponga debe ser interseccional, esto es, que conecte criterios identitarios con socioeconómicos, de estatus de derechos, e incluso de nivel de educación. Esta
fase de superdiversidad se hará más múltiple y transnacional conforme avancen las generaciones, a través de matrimonios mixtos.

La excepción

En poco tiempo estaremos en una situación histórica en la que tener una única identidad nacional en la familia será la excepción. Ante esta nueva geografía de la diversidad, las dos propuestas existentes no tienen un mapa muy claro. Todo es ahora muy complejo. En una misma persona hay muchas categorías de diferenciación que pueden potencialmente traducirse en desigualdad.
Estas dos propuestas tampoco acaban de ver que muchos de los problemas derivados de la población diversa se debe a la falta de contacto y de conocimiento mutuo. Ésta es la base de la propuesta intercultural. Para entrar en esta filosofía se requiere pensar la diversidad desde la diversidad y no desde unos parámetros estatales que tienden a interpretarla en términos securitarios y de inestabilidad, de alteración de una identidad nacional. Vivir juntos en la diversidad es el producto de un aprendizaje y resultado de la socialización que los poderes públicos deben proporcionar a su población. Y lo primero que hay que conseguir es que la población reconozca la diversidad.

Ser el otro

¡En breve todos seremos los otros! Sin este prerrequisito, difícilmente las personas tendrán predisposi- ción a entrar en contacto posi- tivo con otros, sino que siempre lo harán negativamente orientados por prejuicios/estereotipos. Además, este reconocimiento de la diversidad puede actuar como antídoto contra cualquier tipo de fundamentalismo, de querer impo- ner una visión del mundo a otros.
Este método de gestión rechaza esa tendencia sutil de que quien define la diversidad no se incluye nunca dentro de ella. Está rom- piendo poco a poco (en el tiempo histórico, todo parece muy lento) unas barreras conceptuales que los otros siguen reproduciendo. Una es la de pensar la diversidad en términos de minorías y mayorías. Créanme, ¡todavía hay autores reconocidos que siguen pensado en los inmigrantes como minorías!
Otra barrera que hay que romper es la que enmarca la reflexión sobre cómo gobernar la diversidad en términos de oposición entre Unidad (la propuesta cívica-nacional) y Diversidad (la propuesta multi-cultural). Para avanzar este proceso, el interculturalismo busca promover espacios de encuentros y fundamenta micro-políticas en barrios. ¡No hay otro camino que la ingeniería social!

Una evidencia

En resumen, en esta era histórica plantearse la diversidad en térmi- nos dicotómicos (favor/contra) contraviene el curso histórico actual. La diversidad debe ser gestionada considerándola ella misma como un recurso. Es una evidencia quenotodosacabandever,que una sociedad políglota y con muchos registros culturales tiene un potencial de capacitación humana que nos puede permitir actuar globalmente en una economía mundial inter-conectada, promover una sociedad creativa e innovadora.
Si queremos tomar en serio la diversidad, ¡hagámosla trabajar! como un activo para el desarrollo. Esto nos va a obligar a reiniciar (en términos informáticos) nuestros parámetros de cómo vivir juntos. Los extremismos xenófobos y las políticas del miedo, son, como yo presagio, tan solo unas últimas for- mas románticas de resistir un curso histórico que es y será de la diversi- dad, pretendiendo seducir a la po- blación con narrativas retrógradas, de querer esencializar una identidad nacional que apenas existe (ser español, o francés o italiano de raíz, ¿qué sentido tiene hoy?). Este proceso de globalización invertida forma parte de una ecología social insostenible. Debemos repensar los fundamentos de nuestra sociedad y política en sociedades de identidades múltiples. Es el turno del interculturalismo.

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