Equidad: la asignatura pendiente

Aina Tabarini
Profesora de sociología de la educación en la UAB e investigadora del grupo de investigación en Globalización, Educación y Políticas Sociales

La educación es una herramienta fundamental para reducir las desigualdades sociales. En los últimos cuarenta años ha actuado como elemento clave para asegurar la movilidad social de amplios sectores de población de la sociedad catalana. Sin embargo, la feroz crisis económica que vivimos desde el 2008 y las políticas de austeridad presupuestaria que se han aplicado desde entonces han frenado sustancialmente este proceso, de modo que se ha puesto en peligro el papel de la educación como garante de la igualdad de oportunidades.

Asegurar la equidad educativa es, de hecho, uno de los principales retos del sistema educativo catalán. Y ello comporta que todos los niños, las niñas y los jóvenes –con independencia del género, la clase social, el origen y la etnia– disfruten de iguales oportunidades para acceder a una escuela gratuita y de calidad, tanto en la enseñanza obligatoria como en las etapas anterior y posterior, que gocen de las mismas posibilidades de vivir una experiencia escolar satisfactoria que no los excluya de las posibilidades de disfrutar, aprender y crecer, y que tengan iguales condiciones para adquirir conocimientos significativos y para desarrollar trayectorias educativas largas, basadas en la experiencia del éxito y no del fracaso.

Abandono

Catalunya, sin embargo, se sitúa en las 
peores posiciones europeas en cuestiones tan relevantes como el abandono escolar prematuro (AEP), la segregación escolar o la financiación pública en educación. Si bien es cierto que el porcentaje de jóvenes que abandona los estudios sin conseguir un título después de la ESO ha caído de forma significativa durante los peores años de la crisis, Catalunya continúa presentando uno de los peores índice de abandono de los estudios del conjunto de la UE (el 17% frente al 10% de la media europea). Este fenómeno, además, afecta de forma mucho más acusada a los chicos de bajo estatus socioeconómico y cultural y, especialmente, de origen migrante.

Mejorar la equidad del sistema es fundamental para asegurar la justicia social y mejorar el rendimiento global

Ciertamente, hay factores externos al sistema educativo que contribuyen a explicar el AEP: fundamentalmente, las características y la estructura del mercado laboral. Ahora bien, el abandono de los estudios no se explica solo por factores externos al sistema, sino también y eminentemente por las propias características de dicho sistema. Efectivamente, el AEP en Catalunya está profundamente vinculado a los procesos de fracaso escolar que se dan durante la ESO y a la propia estructura del sistema educativo. Por un lado, la mayoría de alumnos que abandonan han pasado por procesos de repetición, agrupamientos por nivel y bajo nivel de adquisición de competencias durante la etapa obligatoria, de modo que parten de una posición extremadamente vulnerable a la hora de pasar a la etapa posobligatoria. Por otro lado, 
nuestro sistema educativo se caracteriza por ser sumamente rígido y lineal, por ofrecer unas plataformas excesivamente débiles de entrada y salida y, sobre todo, por tener un sistema escasamente desarrollado de formación profesional, que se continúa considerando la vía subsidiaria por aquellos que “no pueden obtener” el bachillerato, entendido todavía como la vía noble.

Segregación

Así mismo, Catalunya está entre los diez países con más segregación escolar de Europa. La segregación escolar, como es sabido, designa la distribución desigual del alumnado entre centros educativos de un determinado territorio, fundamentalmente por razones de origen o de tipo socioeconómico. Ello significa que nuestra red educativa cuenta con unas condiciones extremadamente desiguales tanto para que los docentes puedan llevar a cabo su trabajo cotidiano como para que los alumnos puedan tener garantizado su derecho a la educación.

Significa que, si bien unos centros disponen de una mayoría de población autóctona y con elevados capitales económicos, sociales y culturales, en otros la pobreza y la exclusión social condicionen el día a día de las familias y el alumnado. Significa que, si bien en unas escuelas se va escolarizando cada día alumnado nuevo, otros disfruten de una población escolar elevadamente estable que permita desplegar una tarea educativa de continuidad.

Significa también que en unas escuelas los y las docentes tengan que hacer malabares para asistir y acompañar las múltiples necesidades económicas, sociales, emocionales y de aprendizaje de sus alumnos, mientras que otros gocen de entornos familiares estables, con tardes llenas de extraescolares lúdicas, académicas y culturales. Y no es demagogia: es la realidad de nuestra red escolar. Esta realidad se explica no solamente por los efectos de la segregación urbana, sino que hunde sus raíces más profundas en la propia organización del sistema educativo: una doble red, pública y concertada, que no juega en igualdad de condiciones; una distribución de alumnado con necesidades educativas específicas y especiales altamente desigual entre centros educativos; un modelo de programación de la oferta que no siempre se basa en criterios de equidad del sistema, o un modelo de financiación que no siempre prioriza a los centros que parten de una desventaja.

Financiación

Y precisamente la financiación es el último elemento del que me gustaría tratar en esta reflexión. Para abordar este tema, hay que empezar con una premisa central: la financiación de la educación es un elemento clave para asegurar un sistema educativo equitativo. Ser claros y contundentes con esta cuestión es fundamental, toda vez que en los últimos tiempos se ha instalado en el imaginario popular la idea de que la financiación es casi una variable irrelevante para asegurar la calidad del sistema. Esta idea ha sido claramente rebatida por la investigación nacional e internacional. De hecho, en Catalunya el gasto público destinado a educación se sitúa de forma sistemática, y desde antes de la crisis, muy por debajo de la media del conjunto de la UE. Según los últimos datos del Idescat, el gasto destinado a educación –expresado como porcentaje del PIB– representa el 3,56% del total, mientras que la media de la UE se sitúa, según la Eurostat, en el 4,9%. Esto significa que Catalunya está, de nuevo, a la cola de los países europeos en gasto público en educación. Y, con este nivel tan bajo de gasto el margen de mejora de nuestro sistema es altamente limitado. Ciertamente, no toda la mejora educativa depende de la financiación por sí misma. Hay que considerar igualmente cómo se distribuye el gasto y a qué se destina. Pero por debajo de un nivel mínimo de gasto no hay margen de mejora posible. Una financiación de la educación público elevado y justamente distribuido es, pues, un paso primordial para asegurar la equidad y la calidad del sistema.

Y es que hoy en día ya no es posible cuestionar que la equidad y la calidad son dos caras de la misma moneda. Mejorar la equidad del sistema es fundamental para asegurar la justicia social, pero lo es también para mejorar el rendimiento global del sistema. Si no mejoramos en equidad, todos perdemos: pierde el sistema en su conjunto, pierde el país.

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