Filosofía y herramientas del caso sudafricano

Director de la Fundación Ernest Lluch. Doctor en Historia para la UPF con la tesis "Las Comisiones de la Verdad. Un factor de transformación social en comunidades en conflicto".

En febrero de 1990, durante una sesión del Parlamento y ante la sorpresa de todo el mundo, el Presidente De Klerk anunciaba que el tiempo de la violencia había terminado. “La hora de la reconstrucción y la reconciliación ha llegado”. Una semana más tarde, y tras múltiples conversaciones de Mandela con el mismo De Klerk y de los principales agentes económicos sudafricanos con el CNA en el exilio, Mandela era liberado. Era el 11 de febrero de 1990.

Para entender el momento, es importante tener en cuenta el contexto político, pero también el diseño de un proceso que permitió un cambio de régimen con un coste humano muy inferior al que los analistas políticos predecían a mediados de los convulsos ochenta.

J.P. Lederach explica que para hacer posible la transformación del conflicto se debe trabajar con diferentes comunidades de pensamiento y acción: los que trabajan en el corto plazo, para gestionar la crisis o para identificar las raíces del conflicto; y quienes trabajan a medio y largo plazo, ya sea a nivel de sistema y desde la perspectiva generacional aportando visión de futuro y los que lo hacen en el campo de la prevención a fin de que lo sucedido no sea olvidado ni se repita. Todos ellos necesitan instrumentos para hacerlo.

El instrumento clave para gestionar la transición sudafricana, más allá de permitir un gobierno económico mucho más ortodoxo de lo que se podía prever inicialmente, se concretó en una institución oficial independiente creada por ley: la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

La gestión de la crisis

La Comisión debía gestionar una crisis, con miles de víctimas y responsables de crímenes en la calle, con un Estado con necesidad de legitimarse y con el objetivo de generar mensajes en el país a fin de que la idea de reconciliación de Mandela prendiese en las estropeadas almas sudafricanas.

Así, la Comisión apareció como una solución de compromiso, planteada con suficientes ambigüedades interrogantes y garantías para que los actores políticos pudieran defender ante sus seguidores la validez del proceso transicional. Por una parte la Constitución interina decía que se ofrecería amnistía por los actos cometidos en el pasado. Pero no decía cómo. Y ese era clave. La Comisión fue este “Cómo”. Cuando finalmente todos los debates se concretan la proposición de ley queda claro que los responsables de las grandes violaciones de derechos humanos con motivaciones políticas serían amnistiados pero a cambio de la verdad y de la explicación completa de tales atrocidades.

La Comisión legó la idea de que para construir el país todo el mundo es necesario y que hace falta un cierto entendimiento mutuo para hacerlo, abriendo la posibilidad de un camino nuevo en la gestión de las relaciones de la población, marcado por un ideal de reconciliación a menudo de difícil digestión.

La CVR estaba diseñada para poder jugar un papel en el cierre de los conflictos abiertos entre los diferentes actores que intervenían: el Estado, las Víctimas y los Agresores. Para hacerlo contaría con tres grandes comités de trabajo con funciones bien delimitadas: el Comité de Violaciones de Derechos Humanos (CVDH) que atendía a las víctimas de la violencia en el transcurso del pasado y oficializaba su estatus; el Comité de Amnistías (CA) que resolvía una amnistía para los responsables de ofensas condicionada a la explicación completa de la verdad de los crímenes cometidos en el transcurso del pasado, y el Comité de Reparaciones y Rehabilitación (CRR) que asignaba y proponía a cada víctima ya reconocida el tipo adecuado de reparaciones por parte del estado sudafricano. Y en el trasfondo había un Estado que legitimaba y era legitimado por la presencia de estos colectivos.

A través de una selección pública de potenciales comisionados propuestos por organizaciones civiles y religiosas, se decidió que el arzobispo Desmond Tutu fuera su Presidente. En la Comisión comparecieron más de 22.000 víctimas y 7100 potenciales responsables de ofensas, a los que deben sumarse los participantes en las vistas sectoriales y de acontecimientos específicos. En conjunto la investigación implicó aproximadamente a unos 50.000 individuos.

Pero lo más interesante es observar quien, de todos, compareció en las vistas públicas que fueron las que se presentaban al país y al mundo. Sólo un 8,5% de los casos fue seleccionado para aparecer públicamente. Analizando estos comparecientes parece evidente que la cocina de la comisión trabajó a fin de que el color de la piel de los comparecientes públicos no guardara proporción con las solicitudes reales por etnia recibidas en la Comisión, y así se consiguió la percepción pública de una Comisión donde intervenía todo el mundo. Se trataba de presentar una comisión de víctimas multicolores y no casi todas negras, que era lo que la realidad se nos hubiera debido mostrar.

Analizar también quien testimonió pidiendo amnistía nos informa de quien se estaba creyendo el proceso. De las 7.100 solicitudes de amnistía 1.650 eran elegibles para ser presentadas a una vista pública. La gran mayoría eran de miembros negros involucrados en la resistencia o en el conflicto larvado entre el CNA y el Inkatha de principios de los años noventa. Así, lejos de creencias iniciales, sólo pidieron amnistía menos de 300 miembros de las fuerzas de seguridad y policía del anterior gobierno y sólo 29 miembros de la South African Defense Force. Por el contrario, el mayestático ascendiente de Mandela había hecho creer en el proceso a su gente, especialmente a miembros del MK y grupos de resistencia interiores que se presentaron a pedir amnistía. La cocina de nuevo era necesaria.

¿Qué hizo creíble el proceso?

  • Liderazgo. No nos detendremos a hablar sobre el evidente liderazgo de Mandela –el hombre Dios-, pero debemos sumar a los miembros de su generación que encerrados en la prisión, especialmente los de Robben Island, tenían un ascendiente moral incuestionable. Más allá del mito, 27 años en la prisión significaban 27 años durante los que nunca se habían equivocado.
  • Un magma filosófico de raíz comunitaria: el ubuntu. El principio subyacente al concepto de ubuntu, que aparecía en la Constitución Interina de 1993 es que la existencia humana es interconectada y comunitaria. Si la lógica occidental cartesiana se sintetiza en lo cogito ergo sum (pienso, por lo tanto existo), la lógica comunitaria y restauradora del ubuntu nos diría estis ergo sum (sois, por lo tanto soy). El discurso I’m an African de Thabo Mbeki es un ejemplo bonito de este espíritu.
    El ubuntu se explica a través del proverbio Umuntu ngumantu ngabantu (las personas son personas a través de las personas), por el que la realización personal de los hombres no se puede conseguir si no es interaccionando con el resto. Si alguien no actúa en harmonía con el resto le genera dolor y genera daños al bienestar de la comunidad y a la supervivencia del grupo.
    Decía Tutu: “El odio, el resentimiento, el deseo de venganza, incluso el éxito a través de la competencia agresiva, corroen este bien (la armonía social). Perdonar no es un gesto altruista. Es la mejor forma de actuar en interés propio. Aquello que te deshumaniza a ti, inexorablemente me deshumaniza a mí”. Estas filosofías de raíz comunitaria llevan aparejadas también formas tradicionales de resolución de conflictos que tienen rasgos comunes como la curación pre-verbal y no verbal y la creación de vínculos entre las personas, partiendo de la idea que si la relación es la base del conflicto, la relación debe ser la base de la solución.
  • Un adecuado registro de lenguaje. Mandela tuvo en cuenta un elemento clave: la religión y la necesidad de utilizar un lenguaje compartido por todas las comunidades en conflicto. Las palabras debían significar lo mismo para todo el mundo.La lógica del perdón religioso, y la enorme religiosidad del pueblo sudafricano, tiñe todo el proceso y hacen permeable las acciones y el mensaje de la Comisión en el seno del conjunto de la población. Y es que debe recordarse la importancia histórica de la religión en la lucha contra el apartheid a lo largo de los años ochenta, pero también que era la piedra angular moral y legitimadora del apartheid que se ejercía desde iglesia holandesa reformada. Por eso no es extraño que la CVR abrace estas formas, ni que el reverendo Tutu fuera quien lo encabezase.
  • Un adecuado aparato de difusión de las ideas clave. La Comisión se convirtió en un gran plató. Los pocos casos en que se dio el perdón en el seno de la CVR se magnificaron con el propósito de dar a conocer a la población a través de los media que eran posibles la reconciliación, la paz y el perdón. Pero es que la Comisión estaba utilizando un gran plató para pedir la reconciliación nacional, probablemente evocando los elementos de teatralización que se acordaron en el proceso de Rivonia de 1963. Los programas de la televisión en prime time se emitieron durante dos años y medio ininterrumpidamente y jugaron adecuadamente su rol en esta partida.

Errores e impactos

La Comisión intentó establecer las causas de los daños que habían llevado al conflicto y los modelos de abuso que existieron, y emitió un documento importante que puso a disposición de la ciudadanía a través de su informe final. La oficialidad del texto y el trasfondo educativo que emanaba es clave para entender la pax sudafricana de los últimos veinte años. Pero el hecho de que la comisión focalizara la actuación en grandes violaciones de derechos humanos, dejó fuera de foco la naturaleza fundamental y los abusos estructurales que significaba la cotidianidad del sistema de apartheid, declarado crimen contra la humanidad desde 1966.

Asimismo la Comisión propuso en su informe final unas recomendaciones de reparación y rehabilitación de las víctimas y la necesidad de modificar estructuras del Estado. Pero el desarrollo de estas recomendaciones ya quedaba en manos del gobierno. En este sentido la acción posterior del mismo desvirtuó en gran medida la potencia de la tarea realizada y, de rebote, impidió que el proceso de transformación posible del conflicto fuera más sólido y creíble. Una vez retirado Mandela, el gobierno del CNA de Mbeki que había mal digerido el informe de la CVR, falseó de facto el trato en virtud del cual este se había establecido, buscando salidas para los responsables de ofensas que no habían comparecido, estimulando perdones presidenciales, poniendo trabas a las demandas y obligaciones morales (y materiales) con las víctimas, y denegando la posibilidad de considerar nuevas.

Legados

La ascendencia mayestática de Mandela y la bondad de Desmond Tutu al frente de la Comisión permitieron un proceso de objetivos imposibles y difícilmente cuantificables. Pedir el imposible o un acto de fe puede generar frustraciones. Pero toda la información que aportó la CVR, su componente de educación para la paz, el debate que generó su creación, el seguimiento y consecuencias, sus elementos de legitimación simbólica de partidos y organizaciones públicas preexistentes, y el rol religioso y simbólico que acompañó todas sus actuaciones, llevaron la sociedad a un estadio inimaginable años atrás.

Cuando no hay tiempo para gestionar un conflicto hay que crearlo y se deben abrir espacios para que reaparezca controlado. La CVR fue a la vez un espacio transformador que permitió ganar un tiempo precioso y un instrumento que seccionó y encapsulo parte del conflicto de la calle y se atrevió a gestionarlo.

La Comisión legó la idea de que para construir el país todo el mundo es necesario y que hace falta un cierto entendimiento mutuo para hacerlo, abriendo la posibilidad de un camino nuevo en la gestión de las relaciones de la población, marcado por un ideal de reconciliación a menudo de difícil digestión. Y a pesar de eso cerca del 62,4% creía en el 2017 que la Comisión había salido adelante a la hora de llevar reconciliación al pueblo sudafricano. Todavía hoy no ha habido otro país que haya interpelado tanto a su población como lo hizo la nueva República de Sudáfrica. Un camino duro, pero necesario, que necesitaba de la generosidad de muchos y de un determinado contexto que hoy se debe recordar.

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